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miércoles, 6 de octubre de 2021

JOHNNY GUITAR

Pudiera sonar a tópico si no fuera verdad, pero Johnny Guitar (Johnny Guitar, 1954) es una de las películas más fascinantes de cuantas se han rodado jamás y uno de los westerns clave, y no gracias a una historia que, aunque interesante, se mueve dentro de los cauces normales del género, abordando la temática de siempre (manida, como de costumbre) y que aunque dentro del personalísimo universo del género es cierto que en ocasiones escapa del mismo. Basada en una novela de Roy Chanslor y guionizada por Philip Yordan, fue dirigida por Nicholas Ray, y todo ello, junto a un par de aspectos más de los que a continuación hablaremos, hacen de Johnny Guitar un filme bellísimo que deambula por los bordes de lo onírico, que es a la vez extraño y soberbio, pero también fantasmagórico.

La película de Ray es como trasladar Casablanca al lejano oeste, pero a la inversa: un hombre que regresa, un garito, una mujer y un pasado, y hasta un piano, con una música verdaderamente inolvidable. Johnny (Sterling Hayden) llega al saloon de Vienna (Joan Crawford), un café excavado a los pies de una cueva, a las afueras de una ciudad, como decorado de un paisaje desértico de tierra rojiza, ventoso y salvaje. Poco después sabremos que ha sido Vienna la que ha llamado a Johnny, un vaquero (aparentemente) desarmado que llega con una guitarra al cuello. A Vienna le muestran amor y lealtad sus trabajadores, pero también es odiada por otros, en especial por Emma Small (Mercedes McCambridge).

Es esta una historia cargada de dramatismo y pasión, con una dirección magistral de Nicholas Ray, si bien uno de los elementos fundamentales tiene que ver con el procesado de película utilizado, que pocas veces ha sido tan relevante: el Trucolor, así como el director de fotografía, Harry Stradling, que posteriormente trabajaría a las órdenes de Roger Corman en sus adaptaciones de las narraciones de E. A. Poe.

El guión de Philip Yordan nos regala una verdadera colección de diálogos ya míticos, una novela que por cierto Roy Chanslor, su autor, le había dedicado a la propia Joan Crawford, que adquirió los derechos con el fin de llevarla a la pantalla. Crawford nunca tuvo la intención de que el papel de Emma Small recayese en Mercedes McCambridge, pero debido al alto caché de otras estrellas de la época no le quedó más remedio que contratarla, y la relación de ambas durante el rodaje fue complicada, y en algunos momentos tensa, con celos por parte de Crawford porque McCambridge era más joven que ella, y por parte de esta última porque en el pasado Crawford había tenido una relación con su marido, Fletcher Markle.

Johnny Guitar nos deja la retina hermosamente herida, con el intenso colorido de cada fotograma y los vestidos de Vienna: el blanco de encaje mientras toca el piano en un ambiente trastornado, la camisa roja y el pañuelo amarillo anudado al cuello, o la negra y el pañuelo verde; también el vestuario de camisas negras de la comitiva que regresa del funeral con el fin de tomarse la justicia por su mano; el candelabro del saloon más propio de una película de la Hammer, y la sublime música compuesta por Victor Young (El hombre tranquilo, Raíces profundas), leitmotiv que se repite constantemente y en otros momentos sólo se intuye, hasta que Peggy Lee pone la guinda con su voz cantando como pocas veces se ha cantado.

La enérgica imagen de Crawford tras la barra y la forma de coger el revólver son verdaderamente icónicas; en realidad esta película debía haberse titulado como su protagonista: Vienna.      


VALORACIÓN: 8/10

viernes, 21 de mayo de 2021

SLOW WEST

La producción de westerns hace demasiadas décadas que muestra una manifiesta incapacidad (con algún resurgimiento destacable, como en los noventa) y por ende las grandes películas, y en mayor medida las obras maestras, son tristemente infrecuentes, pero aun así muy de vez en cuando se obra el milagro y surge alguna inesperada joya, como es el caso de Slow West (Slow West, 2015), el primer largometraje dirigido por el escocés John Maclean.

Con un guión interesantísimo firmado por el propio Maclean (ahí radica uno de sus puntos fuertes) incorporando referencias de otros títulos del género, principalmente del crepuscular de los años setenta, periodo que curiosamente supuso el doble óbito del western clásico, tanto desde el punto de vista natural como el conceptual (y en el que el eurowestern, en pleno apogeo, contribuyó a ello), aunque rabiosamente singular, agudo y talentoso, queda firmemente sustentando por sus dos protagonistas: Silas, un solitario cazarrecompensas (Michael Fassbender), y Jay Cavendish, joven y culto escocés (Kodi Smit-McPhee) que tiene como misión buscar a su prometida Rose (Caren Pistorius), que huyó desde Escocia junto a su padre acusados de un crimen. 

Slow West se sirve del mejor ingrediente del eurowestern, que no es otro sino el ingenio, aunque tamizado por el cine norteamericano actual que encuentra su sino en los hermanos Coen, Jarmusch o Tarantino (por suerte sin la innecesaria ordinariez del lenguaje de éste y del que hizo gala sin ir más lejos en Los odiosos ocho) si bien no escatima en incluir conceptos clásicos con los que remitir al espectador (o al menos así me lo parece a mí) a películas como Duelo en la alta sierra de Peckinpah e incluso Dos cabalgan juntos de John Ford. 

Superior a Hostiles, dirigido en 2017 por Scott Cooper y último buen western que recuerdo, Maclean filma una historia de aventuras, minimalista y con cierto poso romántico, paradójica en el devenir de la trama y con un violentísimo (y a su vez triste) final de extrema necesidad que hace pensar en Perros de paja de Peckinpah, con un metraje perfecto que no da pie ni a un solo instante de tedio, hermosos paisajes que simulan ser Colorado si bien está rodada en Nueva Zelanda, y fotografía prodigiosa de la mano de Robbie Ryan, amén de un fantástico movimiento de cámara filmando desde ángulos inverosímiles.

Afirmaba al comienzo de este comentario que el género llevaba tiempo en declive, cuando lo que quería decir es que ya está completamente muerto y enterrado, pero esta película aún hace soñar con su resurrección, aunque sea sólo eso: un sueño; vivamos de él.   

Jay Cavendish (Kodi Smit-McPhee) y Silas (Michael Fassbender). 

VALORACIÓN: 7.5/10

jueves, 8 de abril de 2021

CABALGAR EN SOLITARIO

Como mero ejercicio de ubicación cinéfila, y más en concreto en el género, el año en el que se estrenó Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, 1959), dirigida por Budd Boetticher, John Ford ya había hecho Centauros del desierto, una obra maestra y western más complejo de lo que pudiera aparentar. Boetticher también había rodado entonces Tras la pista de los asesinos (1956) y Los cautivos (1957), que junto a Burt Kennedy en su tarea de guionista y Randolph Scott en el papel de actor principal formarían un trío que en 1960 volverían a coincidir en Estación Comanche; el magnífico director de fotografía Charles Lawton Jr. participó también en algunas de estas películas, al igual que el productor Harry Joe Brown, por lo que a esta serie de filmes se le denominó ciclo Ranown («Ran» por el actor Randolph Scott y «own» por el citado Harry Joe Brown). 

Una de las características de la filmografía de Boetticher que queda de manifiesto es su escasa economía de medios, si bien sus obras, a pesar de considerarse de serie B, son de la más sublime calidad: filmes secos y austeros que nos muestran lugares solitarios y desérticos en donde apenas aparecen personajes y el leitmotiv que las mueve es tan simple como antiguo: vengar una muerte. Las películas del director nacido en Chicago son de esa asombrosa especie que van ganando interés con el paso del tiempo y con cada visionado, pues incluso aunque en un primer momento pueda dejar frío al espectador, intuimos que nos encontramos ante una forma diferente de hacer cine que si bien enmarcada en el western clásico no está revestida de una ortodoxia plena, y Cabalgar en solitario es un claro ejemplo de ello.

Cuando se visiona Hostiles, dirigida en 2017 por Scott Cooper (que asimismo es el autor del guión) y protagonizada por Christian Bale, su historia recuerda en cierto modo a Cabalgar en solitario, película esta de Boetticher con una fabulosa apertura y un final inolvidable y evocador, si bien en su parte central carece del tempo que sí ofrecen otras de sus películas, como por ejemplo Los cautivos, con cierta vocación moralizante pero menos profunda que Cabalgar en solitario, aunque en mi opinión la mejor del llamado ciclo Ranown es Tras la pista de los asesinos, que contó como director de fotografía con William H. Clothier. 

Como recuerdo imborrable de Cabalgar en solitario su final, cuando Ben Brigade hace arder el árbol en forma de cruz en el que habían ahorcado a su mujer.

  VALORACIÓN: 6.5/10

lunes, 8 de febrero de 2021

YELLOWSTONE

El cine de la actualidad también engloba el fascinante mundo de las series, y a mí no sólo me gustan, sino que además considero que muchas de ellas son verdaderas obras maestras y se encuentran muy por encima de una gran parte de las películas que se producen actualmente, pero aun así prefiero a las segundas por un concepto de tiempo, ya sea un cortometraje o bien un largometraje aunque su duración sea de tres o cuatro horas; para no caer en tentaciones tampoco dispongo (por ahora) de plataformas digitales pues aún me quedan por ver y revisitar demasiadas películas clásicas de mi filmoteca, siempre en formato físico, porque me gusta ver y sobre todo tocar.

Acabo de terminar de visionar la segunda temporada de Yellowstone (Yellowstone, 2018), creada y dirigida por (entre otros) Taylor Sheridan y bajo el sello de Paramount, y aunque reconozco que no es la mejor serie, la conjunción de todos sus elementos han hecho de ella una gratísima sorpresa. 

Gracias a la hermosa fotografía de Ben Richardson, la música de cabecera compuesta por Brian Tyle, y un potente guión escrito por el propio Sheridan y varias manos más, Yellowstone sitúa al espectador en los idílicos parajes del estado de Montana, en concreto en el rancho Yellowstone, cuyo propietario es John Dutton (Kevin Costner), un personaje complejo, despiadado y duro, poseído por su particular historia personal y que no repara en todo tipo de artimañas con tal de proteger las tierras de su rancho, por encima incluso de su propia familia, a la que usa a su antojo con tal finalidad.

Visionar Yellowstone es como si Shakespeare hubiese escrito una tragedia en el actual western: personajes turbios, ladinos, brutales... sin que a la trama le falte cierta dosis de folletín en el seno de una familia que no es menos que la de El padrino, que tiene a su patriarca pero también a su particular consigliere en el oscuro personaje Rip Wheeler (Cole Hauser), fiel como un animal, en un rancho cuyos vaqueros sólo pueden ser antiguos presidiarios, marcados (literalmente) como reses con el símbolo del rancho, y del que jamás podrán huir, enjaulados en otra prisión, o en el mejor de los casos en un laberíntico limbo. 

Otro de los puntos fuertes de Yellowstone es la perfecta representación del oeste y del mundo rural, con sus escenas bucólicas y también su dureza, amén de una gran interpretación por parte de todos sus personajes, entre los que sobresalen el atormentado Jamie Dutton (Wes Bentley) y la atractiva y pérfida Beth Dutton (Kelly Reilly), si bien es Kevin Costner (que tanta alegrías ha aportado al western moderno tanto en su faceta de actor como de director) el verdadero motor de esta serie que exuda poder y corrupción, crueldad, violencia y traición, e irradia una buena dosis del mejor sabor de las películas que convirtieron en leyenda el viejo western e incluye un homenaje a Centauros del desierto en el capítulo final de la segunda temporada. 

Postdata: Descubro que ya han emitido la tercera temporada y que se espera una cuarta, pero puede que lo más conveniente hubiese sido que todo quedase concluido en esta segunda, e incluso en la primera. 

Gran parte de los protagonistas de la serie.

VALORACIÓN: 7.5/10

domingo, 13 de diciembre de 2020

INCIDENTE EN OX-BOW

William Wellman aportó al western dos verdaderas joyas: Cielo amarillo, de 1948, e Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, 1942), dos películas que pueden considerarse como las mejores en la filmografía del director; Incidente en Ox-Bow, que es una película poco conocida en España, y aún menos comercializada, también se conoce en Sudamérica como Conciencias muertas.

En Cielo amarillo el guionista y productor Lamar Trotti hizo una adaptación de la novela homónima de W. R. Burnett jamás publicada, que a su vez bebía de La tempestad de William Shakespeare, con una fotografía descomunal a cargo de Joseph MacDonald (¡Viva Zapata!, Niágara o El hombre de las pistolas de oro), en una historia que tiene lugar en un pueblo fantasma. Incidente en Ox-Bow comparte guionista, que adaptó la novela de Walter Van Tilburg Clark, y contó como director de fotografía a Arthur C. Miller, que se inició en el cine mudo y colaboró con John Ford en películas como La ruta del tabaco y Qué verde era mi valle, siendo nominado en seis ocasiones al Óscar por la mejor fotografía y ganándolo en tres. 

Estado de Nevada, 1885. Cuando los forasteros Gil Carter (Henry Fonda) y Art Croft (Harry Morgan) llegan a Bridger's Wells y entran al Darby's Saloon, conocen de inmediato la noticia de que un ranchero ha sido asesinado y han robado su ganado. Los lugareños y los dos forasteros deciden formar una patrulla para detener a los supuestos asesinos y tomarse la justicia por su mano, hasta que dan con ellos mientras se encuentran durmiendo al raso: Donald Martin (Dana Andrews), el mexicano Juan Martínez, al que también se le conoce como Francisco Morez (Anthony Quinn), y el anciano Alva Hardwicke (Francis Ford, hermano mayor del director John Ford). Como más tarde haría en Doce hombres sin piedad, la película dirigida por Lumet en 1957, el personaje encarnado por Fonda, junto a media docena de hombres, tratará a toda costa de salvar de la horca a los tres detenidos. 

Con todos esos fabulosos resortes, William Wellman construye una sobria película que tiene lugar de noche a lo largo de gran parte del metraje, por lo que tuvo que hacer uso de la noche americana, con una historia dura en muchos momentos y conmovedora en sus minutos finales, en la que en ocasiones parece rozar el expresionismo, inmersa constantemente en una atmósfera densa y tenebrosa y ese árbol sempiterno con sus gruesas ramas desnudas augurando la inminente tragedia. 

VALORACIÓN: 8.5/10

miércoles, 9 de diciembre de 2020

BAILANDO CON LOBOS

La esquela del western clásico quedó rubricada allá por los años sesenta, coincidiendo curiosamente con la irrupción del eurowestern, que era un cine del oeste tan diferente que el purista no lo considera sino como una malformación, o simplemente una pesadilla, por lo que se conforma con seguir visionando una y otra vez las obras de Ford, Walsh, Hawks, o aquellas de los menos ortodoxos como lo fueron Peckinpah, Fuller o Boetticher. 

El intento de recuperar el género que se produjo en las dos últimas décadas del siglo pasado, en especial en sus últimos años, no fue sino un espejismo, una quimera, hermosa, pero imposible, pues el western ya había muerto y las productoras apenas mostraban interés por un género que creían ya había todo de sí. Buena muestra de aquel intento fueron los filmes de Eastwood, Kasdam, Walter Hill, e incluso Jarmusch, y por supuesto Kevin Costner, que en Bailando con lobos (Dances with Wolves, 1990) ofrece una visión diferente del viejo oeste basándose en la historia escrita por Michael Blake. 

La primera hora de Costner es pura poesía en cualquiera de sus aspectos, con una idílica fotografía a cargo de Dean Semler que viene acompañada de una de las grandes bandas sonoras de las últimas décadas, compuesta por John Barry, así como con la sobresaliente actuación del propio Costner.

La historia guarda similitud con Centauros del desierto, con la diferencia que el filme de Costner se posiciona claramente a favor de los indios, y el de Ford es justamente lo contrario. Merece la pena leer asimismo la novela en la que se basa, historia de la que no difiere en absoluto de su versión cinematográfica, que suelo revisar al menos una vez por año, como una especie de tradición no escrita, y cuando la pasan por televisión es tal su magnetismo, que soy incapaz de no sentarme y disfrutar de ella, aunque el día anterior ya la hubiese visto. 


 VALORACIÓN: 9.5/10

domingo, 29 de noviembre de 2020

EL RENACIDO

El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu sorprendió hace unos años con El renacido (The Revenant, 2015), un western de aventuras tan salvaje como poético, con las excelentes actuaciones de Leonardo DiCaprio y Tom Hardy en los papeles de los tramperos Hugh Glass y John Fitzgerald respectivamente, y una historia que viene marcada por el brutal ataque que sufre Glass a manos, y nunca mejor dicho, de un oso grizzly que lo deja al borde de la muerte y al espectador en una agónica e interminable tensión.

Película basada en la novela homónima de Michael Punke, a la que probablemente le sobre algo de metraje pero con una hermosa fotografía de Emmanuel Lubezki, bucólica, y aunque no exenta de escenas absorbidas por los efectos especiales, al visionarla me llegan ecos de Tierras lejanas (A. Mann), Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sydney Pollack), de la primer parte de La conquista del oeste (Hathaway, Ford, Marshall, Thorpe) e incluso de Bailando con lobos (Costner) con ese poso de cierto alegato proindio.   

Mi escena favorita es aquella en la que Glass se introduce en el interior de un caballo muerto para pasar la gélida noche, no sin antes haber sacado todas las vísceras; tras ello observamos la escena desde un plano cenital, como un cuadro abstracto, la masa obscura que forma el caballo y sus vísceras sobre la blanca nieve, momento que también me ha recordado al Dead Man de Jarmusch. 


VALORACIÓN: 7.5/10

sábado, 21 de noviembre de 2020

UNA CUERDA, UN COLT

Esta película dirigida por Robert Hossein no es un eurowestern más, aunque se construya en base a un guión (en el que también participó Dario Argento) tan manido y recurrente en el género, y en especial en el subgénero europeo: el asesinato y la posterior venganza a manos de un sicario. 

Aunque Una cuerda, un colt (Une corde, un Colt, 1969), que también es conocida como Un cementerio sin cruces, se rodó meses antes que Hasta que llegó su hora, fue estrenada más tarde que la película de Leone, y este punto es importante de destacar, puesto que un linchamiento y ahorcamiento similar al que sufre Ben Caine así como el personaje de la viuda vengadora aparecen en un concepto similar al que Leone utiliza en su película; al parecer el director italiano se encontraba presente en el rodaje del filme de Robert Hossein preparando el suyo.  

Como explicaba, la trama es sencilla y repetitiva hasta la saciedad: tras la muerte de su esposo a manos de los Rogers, María, interpretada por Michèle Mercier, contrata a Manuel (interpretado por Hosseini, en su doble función de actor y director), un asesino que vive en un pueblo fantasma al estilo de aquel al que llega el Django de Corbucci, pero cabe reseñar las magníficas sucesiones de primerísimos planos en plano-contraplano, y dos escenas memorables: el significativo desollamiento y despedazamiento de un conejo a manos de María, y la comida en la larga mesa de los Rogers, en absoluto silencio (elemento de capital importancia en el filme, casi como lo era en El gran silencio también de Corbucci) pero con el estruendoso sonido de las cucharas contra los platos y los primeros planos de los comensales que culmina con la broma final a Manuel; ambas escenas colmarán a todo cinéfilo, y más aún a los cinéfagos. 

Como en otros muchos eurowesterns (me viene a la mente Una pistola para Ringo), su director hace uso de la noche americana, y aunque el filme cae en los pésimos tics del eurowestern, como los planos panorámicos generales de caballos y jinetes de uno a otro lado, Una cuerda, un colt es uno de los eurowesterns más singulares jamás filmados. 


VALORACIÓN: 6/10