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lunes, 14 de junio de 2021

LA INVASIÓN DE LOS ULTRACUERPOS

El remake es uno de los hechos más complejos y a la vez incomprendidos en el mundo cinematográfico. Rehacer una película es una decisión delicada, y en muchos casos inútil, más aún si su original resultó ser una gran película. ¿Qué sentido tiene entonces hacer una nueva versión de algo que ya funcionó? Cito el desastroso remake que de Psicosis hizo en 1998 Gus Van Sant, o en 2011 la versión de Perros de paja dirigida por Rod Lurie; un auténtico sinsentido. Eso sí, nada supera en este apartado lo que hizo Leo McCarey versionando su propia película (en este caso para bien): Tú y yo

Resultaba imposible que una historia tan genial como la de Jack Finney, que en 1956 llevó al cine Don Siegel con el título La invasión de los ladrones de cuerpos, no tuviese posteriores réplicas, que fue lo que sucedió veintidós años después cuando Philip Kaufman realizó La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978) y a la que curiosamente en inglés la dejaron con el mismo título. El filme de Kaufman, aunque ligeramente inferior al de Siegel, es capaz de resistir el embate comparativo puesto que salvo en el último tramo nunca llega a ser una copia plano a plano y sí un hermoso exponente del cine de ciencia ficción en el que mezcla el terror y el mundo de los extraterrestres. Cabe recordar que Abel Ferrara no logró en su posterior versión de 1993 ni tan siquiera igualar la cinta que nos concierne.

La trama, como en su original, resulta, en esencia, similar: en este caso el inspector sanitario Matthew Bennell (Donald Sutherland) se percata del comportamiento modificado de muchos conocidos, aunque el psiquiatra David Kibner (Leonard Nimoy) lo achaca a una ansiedad generalizada... hasta que quedan afectados todos los habitantes de San Francisco, siendo una de las diferencias con la versión de Siegel, que recordemos se desarrolla en un pueblo. Asimismo observo en la película de Kaufman que aunque revestida de similar perturbación para el espectador, se presta a una menor inclinación metafórica.

A pesar de ser deudora de la cinta matriz, la de Kaufman no cae jamás en la morosidad y posee escenas inolvidables que hallan su mayor expresión en las calles de la hechizante ciudad californiana. Apunto la escena en los baños de barro y esa persona leyendo, sumergido en el interior de uno de ellos, con un libro completamente salpicado de barro. Aparecen en ambas películas los dispensadores de agua y busca su desenlace en un tramo final similar al de la primera, que tiene como curiosidad entre el reparto los pequeños papeles de Don Siegel como el taxista, y Kevin McCarthy, protagonista en la versión de 1956, como el hombre que corre y es atropellado mortalmente, recordando a Robert Mitchum en El cabo del terror y el El cabo del miedo, aunque este último con un papel mucho más importante también en el remake. Magnífico papel el de Sutherland, en cuyo reparto participa un jovencísimo Jeff Goldblum, película que con treinta minutos más de metraje y menos perfecta que la de Siegel, creo que no me equivoco al afirmar que resulta aún más intensa e ingeniosa que aquella. Este sí es un remake por el que mereció la pena arriesgarse. 

 Matthew Bennell (Donald Sutherland).

VALORACIÓN: 7.5/10

viernes, 11 de junio de 2021

LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS

A muchos espectadores les sorprenderá que Don Siegel, maestro del que Clint Eastwood aprendió a hacer películas, sea el director de La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), filme que reúne elementos de la cultura popular norteamericana surgida tras la II Guerra Mundial y que basándose en una novela de Jack Finney, y guionizada por Daniel Mainwaring (Retorno al pasado), firma una verdadera joya de la ciencia ficción. El protagonista principal es el doctor Miles Bennell (Kevin McCarthy), al que todos conocen y respetan, que tras una ausencia regresa a la pequeña población californiana de Santa Mira para percibir de inmediato el ambiente enrarecido que se respira en sus calles y una extraña situación: los lugareños afirman no seguir reconociendo a sus allegados.

Rodada en Superscope, un formato muy atractivo para este tipo de cine, La invasión de los ladrones de cuerpos es una auténtica serie B, si bien su exiguo presupuesto no fue óbice para filmar una obra maestra como ya hicieran previamente los Jacques Tourneur, Edgar G. Ulmer o Joseph H. Lewis, una película que aparenta ser un noir y que con una voz en off introduce la historia y se articula mediante un larguísimo flashback que ocupa casi todo el metraje, enlazando fabulosas escenas nocturnas al compás de la inquietante música compuesta por Carmen Dragon (que es un hombre, a pesar de lo que pudiera indicar su nombre) mientras el vehículo de Miles cruza las calles del pueblo acompañado por su inseparable Becky (Dana Wynter), antigua pareja, dejándome maravillado la forma que ambos tienen de acceder al coche, como cuando ella se sube a éste y se lo deja a Miles en marcha pasándose al otro asiento, o la escena en la que el protagonista lo deja sobre la acera apeándose sin echar el freno de mano.  

El sueño es el elemento clave de la trama, pues cuando éste se apodera de los habitantes de Santa Mira comienzan a desarrollarse de unas enormes y fabulosas vainas los cuerpos en una suerte de duplicación hasta que las personas quedan completamente suplantadas, quedando desprovistas de todo sentimiento e inmersos en una absoluta deshumanización: «El amor no es necesario», afirma uno de los «suplantados», sin que Siegel necesite de efectos especiales, con una absoluta economía de medios pero sirviéndose de una dirección fabulosa para llevar a cabo esta historia. Quedan para el recuerdo los primeros planos de los protagonistas, perfectos transmisores de todo el terror de la situación; el plano secuencia en un tétrico restaurante vacío, o en el tramo final la escena en la mina abandonada en la que Miles y Becky se encuentran ocultos bajo unas tablas de madera y por las rendijas observan pasar a los mutantes. 

Ingeniosa y envolvente desde los títulos de crédito (Sam Peckinpah hace un pequeño papel), algunos han visto en esta película una terrorífica fábula: unos contra el auge del comunismo en EE.UU., y otros por todo lo contrario: la Caza de brujas del maccarthismo que tanto afectó a Hollywood en los años 50. Para disfrutar plenamente del cine prefiero en un primer instante despojar al argumento de cualquier aspecto metafórico y simbólico, aunque resulte casi imposible, pues incluso a mí me ha recordado a La peste de Camus, si bien no es necesario recurrir a interpretaciones ideológicas para disfrutar de una película única que sigue causando conmoción tantas décadas después y a pesar (o acaso por eso) de la actual tecnología de los efectos especiales en el mundo del cine. 

El actor Kevin McCarthy da vida al médico Miles Bennell. 

VALORACIÓN: 8.5/10