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lunes, 23 de noviembre de 2020

LOS SOBORNADOS

El comienzo de esta película dirigida por Fritz Lang es simplemente portentoso: el primer plano de una pistola, una mano que aparece y la coge, y a continuación el sonido sordo de un disparo; acto seguido un cuerpo se desploma sobre la mesa: todo responde al suicidio de un agente sobornado que destapa una trama de corrupción en el seno de la policía haciendo uso de un arranque canónico y legendario. 

Empecemos con el insuperable reparto que el director alemán reúne en Los sobornados (The Big Heat, 1953), destacando como actores principales a un Glenn Ford fabuloso en el papel del sargento Dave Bannion, a Gloria Grahame como Debbie Marsh y conexión entre el afán de justicia que encarna el primero y el mundo del hampa que representa Lee Marvin en su papel de Vince Stone y pareja de Debbie; Marvin se consagraría años más tarde como un villano igualmente despreciable en El hombre que mató a Liberty Valance. Asimismo es de especial interés el papel que juega la esposa de Bannion, interpretada por Jocelyn Brando, un ser angelical que contrasta con la carnal Gloria Grahame, asidua en el género y que ya nos regaló junto a Bogart otra memorable actuación en la película de Nicholas Ray En un lugar solitario, si bien ambas mujeres, aunque por medios diferentes, encarnan el bien. 

Como es habitual en Lang, también en esta película retrata como nadie las más bajas pulsiones humanas y su oscura psique, que acompaña con una cita de John Donne a modo de reflexión: «Ningún hombre es una isla». Y como no, la trama va desarrollándose con la ayuda de un gran elenco de secundarios, como ese barman que limpia las copas echando vaho sobre ellas y frotándolas con un trapo, Jeanette Nolan como la mujer del suicida, los altos cargos de la policía, y por supuesto el mafioso Mike Lagana (Alexander Scourby).

Es este un filme en el que la figura femenina lleva sobre sus hombros gran parte del peso de la historia, puesto que además de Dave Bannion sólo Debbie le planta cara a Lagana, resultando inolvidable su baile mientras se prepara una copa, o cuando Vince Stone le arroja a la cara café hirviendo en una de las escenas más crueles que se recuerdan en la historia del cine; también sabemos que en esa época un botellín de cerveza costaba 35 centavos. Una película inmortal.

 Gloria Grahame es Debbie Marsh.
 VALORACIÓN: 9/10

martes, 17 de noviembre de 2020

CASABLANCA

Críticos y cinéfilos coinciden unánimemente en señalar Casablanca como una de las cumbres del séptimo arte, e incluso una considerable mayoría la consideran la mejor película jamás rodada; yo estoy entre ellos (junto a la trilogía de El padrino, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance y La diligencia, El hombre tranquiloPerdición, Sin perdón, Ordet y Dies Irae, Vértigo y Con la muerte en los talones, Retorno al pasadoStromboli y su trilogía de guerra...). 

Pero en Casablanca (Casablanca, 1942), dirigida por Michael Curtiz, nada es lo que parece, ni la historia que va hilvanándose ni el propio rodaje, caótico desde el comienzo, un guión escrito al tiempo que se rodaba o la (imperceptible) tirantez entre los dos protagonistas principales... para el profano explicar que la película ni siquiera está rodada en Marruecos, que para ambientar el aeropuerto se usaron transparencias, que Bogart usó alzas para parecer más alto que Ingrid Bergman, o que la frase «Tócala de nuevo, Sam», tan arraigadas en el imaginario popular, jamás existió. 

Posteriormente se quiso copiar la fórmula con Pasaje a Marsella o Sirocco, pero todo resultó en vano. Casablanca superó todo lo que aparentaba y no era, e incluso el estar abocada al fracaso. Pocas veces todo lo anterior llega a transformarse en perfección y magia: cine, en su más alta pureza; sólo Cine.

Bogart y Lorre.
 

VALORACIÓN: 10/10 (Obra maestra)